Global searching is not enabled.
Skip to main content

Base de Fe & Doctrina de la 
Iglesia AVIVA | Lugar de Fe

 

SECCIÓN I – LA REVELACIÓN Y LA ESCRITURA

         Creemos que es la naturaleza de Dios hacerse conocer a sí mismo.  Dios se revela a la humanidad en diversas maneras, pero más claramente en el Antiguo y el Nuevo Testamento de la Biblia.  Aceptamos que estas Escrituras son de inspiración divinas, y reconocemos su autoridad como la Palabra de Dios.

 

La Revelación en la naturaleza, la historia, y el Hijo

 

            La naturaleza, su cuidado y sustento por Dios, hablan de su existencia y poder.  Además, Dios ha puesto en los corazones humanos un sentido de lo correcto e incorrecto.  Esta revelación a través de la naturaleza y la conciencia es parcial e incompleta. 

            Por lo tanto, Dios ha actuado en la historia para revelarse a la humanidad.  Por medio de Abraham, Dios empezó a formar una comunidad de pacto que revelaría a Dios y su voluntad a toda a la humanidad.  Por medio de sus palabras, hechos, y su relación con el pueblo de Israel, Dios se ha hecho conocer a sí mismo y a sus propósitos con el fin de proveer la salvación a todos aquellos que respondan en fe y obediencia. 

            En esta manera Dios estaba preparando todo para el momento cuando Él se revelaría preeminentemente a través de su Hijo Jesucristo – el “Verbo hecho carne.”

 

La Escritura, el Registro de la Revelación

 

Las Escrituras cristianas completan la revelación de Dios.  Ellas relatan e interpretan la acción de Dios en la creación, en los sucesos humanos, en los actos salvíficos de Dios por Israel, en la vida, muerte, y resurrección de Jesucristo, y en la vida de la iglesia del Nuevo Testamento. 

            Las Escrituras son el mensaje de Dios, escritas por personas en su propio idioma y contexto cultural, según fueron inspiradas por el Espíritu Santo.  El mismo Espíritu guió los procesos de selección y trascripción por los cuales las Escrituras nos han llegado.  Por lo tanto, la Biblia es la Palabra de Dios, confiable y con autoridad. 

            Creemos que la Biblia, compuesta del Antiguo Testamento (39 libros) y el Nuevo Testamento (27 libros) es la Palabra escrita de Dios.  El Antiguo Testamento es el registro de los actos salvíficos de Dios por Israel y de su propósito redentor para todo el mundo.  La Biblia contiene numerosas profecías, muchas de las cuales se han cumplido en el Nuevo Testamento.  El Nuevo Testamento revela claramente a Dios en la persona y obra de Jesucristo, a quien Dios envió para ser el Salvador del mundo y para establecer su iglesia. 

            El Antiguo Testamento prepara el camino para el Nuevo, mientras que el Nuevo Testamento cumple y clarifica el Antiguo.  Ambos se complementan mutuamente en un mensaje unificado. 

 

La Escritura y la Iglesia

 

            Creemos que la Biblia es el mensaje de la salvación de Dios para toda la humanidad.  Como creyentes, la aceptamos como la autoridad final para fe y conducta. 

            El Espíritu Santo continua obrando hoy en la iglesia al enseñarnos como entender, interpretar y aplicar las Escrituras mediante la fe y el estudio diligente.  Cuando los creyentes leen las Escrituras, el Espíritu Santo los ayuda a discernir la verdad y la voluntad de Dios en la Palabra, el Espíritu Santo guía al pueblo de Dios a toda verdad. 

            Las Escrituras mismas son el criterio primario para entender e interpretar la Biblia.  La persona, la enseñanza, y la obra de Jesucristo, dan mayor claridad a la revelación escrita de Dios. 

            Los cristianos son llamados a leer y obedecer la Biblia.  Por lo tanto, es preciso que la iglesia provea una predicación y enseñanza fiel de las escrituras.  Los individuos y las familias deben practicar la lectura y el estudio de la Biblia.  A medida que leamos y digamos las instrucciones de la Palabra de Dios, nuestras declaraciones de fe tendrán integridad. 

 

SECCIÓN II – DIOS Y LA CREACIÓN

         La Biblia empieza con las palabras “En el principio creo Dios…” Esta afirmación dramática declara que Dios es la fuente y el fundamento eterno de todo lo que existe. La Biblia procede a revelar la persona, naturaleza, y carácter del Dios trino, quien para siempre es Padre, Hijo, y Espíritu Santo.

 

La Naturaleza de Dios

 

         Creemos en un Dios soberano, verdadero y viviente, creador y sustentador de todas las cosas.  Dios conoce todas las cosas, es todopoderoso, y trasciende el tiempo y el espacio.  Es un ser personal que revela su virtud, verdad, y gracia a todo el mundo.  Llama a que todos respondan con reverencia y obediencia.  Es perfecto, justo, y bueno.  Dios es santo, y nos llama a la santidad.  Dios es amor, y salva la distancia entre Él y nosotros, al extender su mano en redención para atraernos a Él. 

            La manifestación de Dios ha sido progresiva.  Aunque Dios trasciende la percepción y el lenguaje humano, se ha revelado a si mismo Jesucristo, y viene a vivir en nosotros por el Espíritu Santo.  A medida que Dios abre nuestro entendimiento por medio de las Escrituras y del Espíritu Santo, adquirimos conocimiento de Él.  Por lo tanto, como creyentes, nos postramos ante Él en adoración. 

 

 

La Creación y la Providencia de Dios

 

            Dios creo todas las cosas, visibles e invisibles, incluyendo todos los seres espirituales.  Toda creación es finita y dependiente del Creador, quien era antes de todas las cosas y será para siempre. 

            La creación de Dios era buena, tanto física como moralmente.  Dios bendijo a la creación con su bondad amorosa.  Aunque Dios sostiene y gobierna la creación por el poder de su voluntad, Dios ha dada a la humanidad la responsabilidad de cuidar la tierra.  Por lo tanto, nosotros somos responsables pro su cultivo, la preservación, y el uso que hagamos de sus recursos.  La creación fue dañada por la desobediencia humana.  Sin embargo, queda evidencia de su perfección original, y la tierra ahora espera su restauración de acuerdo al plan redentor de Dios. 

 

Las Relaciones en la Creación

 

            Dios estableció orden y relaciones en su creación, uniéndola en todas sus partes.  Dios creo y sustenta todas las cosas; sin embargo, permanece distinto a todo lo creado.  Dios no depende de la creación para su propia existencia. 

            En el universo existe un orden moral.  Este orden es percibido por la conciencia humana, pero se revela más plenamente en la Palabra de Dios.  Los principios morales enunciados en las Escrituras proveen dirección para nuestra conducta y relaciones interpersonales. 

            El Creador ha establecido un ciclo de trabajo y descanso en la creación, designando un día entre siete para la adoración y la renovación.  Al observar el domingo como el Día del Señor, mostramos respeto por este ciclo ordenado por Dios, damos testimonio de nuestra confianza en el Señor, y proclamamos su resurrección. 

            Hecho a la imagen de Dios, cada ser humano es de infinito valor, y digno de todo respeto y cuidado.  Debemos relacionarnos con otros en amor y justicia, oponiéndonos a todo aquello que destruye, oprime, desvaloriza o manipula; y promoviendo lo que restaura, edifica, y da valor a las personas.  El plan de Dios para la familia humana nos llama a tener relaciones saludables y de crecimiento entre todas personas; no admite ninguna conducta destructiva o de abuso.

            Dios le dio a la sexualidad humana un lugar de honor en la creación.  Ser varón o hembra es parte integral de nuestro ser, y al complementarse, ambos expresan plenamente nuestra humanidad.  Dios ha dado patrones para la expresión de nuestra sexualidad que son necesarios para establecer relaciones apropiadas entre personas.  La sexualidad humana es afirmada dentro de una casta vida de soltería o dentro de un matrimonio caracterizado por la fidelidad durante toda la vida. 

SECCIÓN III – LA HUMANIDAD Y EL PECADO

 

         Dios creó el hombre y la mujer a su imagen.  Los humanos se distinguen del resto de la creación, teniendo características tanto espirituales como físicas.  Físicamente, cada persona tiene un cuerpo hecho de los elementos de la tierra; un cuerpo que crece, madura, y eventualmente regresa a la tierra en su muerte.  Los humanos también reflejan ciertos aspectos morales y espirituales de la naturaleza de Dios: la inteligencia, la creatividad, el discernimiento moral, la sensibilidad espiritual, y el libre albedrío.  Siendo seres espirituales, los humanos han sido creados para estar en comunión con Dios.  No podemos encontrar paz a menos que tengamos una relación apropiada con Dios. 

 

El Libre Albedrío

 

            La imagen de Dios en cada persona incluye la capacidad de tomar decisiones morales.  Podemos escoger el bien o el mal, obedecer o desobedecer a Dios.  El libre albedrío nos hace responsables por nuestras decisiones y por las consecuencias que éstas conllevan.

            Por las Escrituras entendemos que, mientras Dios le concede a la humanidad este libre albedrío, Dios también conoce todas las cosas, y en su sabiduría y gracia está realizando sus propósitos eternos en la historia humana. 

            Satanás—el diablo—es la encarnación personificada del mal y la fuente original del pecado.  Su reino maligno se mantiene en rebeldía constante ante la autoridad de Dios.  Vivimos en medio de ese conflicto espiritual, y debemos elegir entre el domino de Satanás y el reino de Dios.

 

Los Efectos de Pecado

 

            Corrompidos por una naturaleza pecaminosa, los humanos carecen de santidad, son egocéntricos,  voluntariosos, y rebeldes ante Dios.  En carácter y conducta, la humanidad entera es culpable ante Él.  Nosotros mismos no podemos adquirir la rectitud exigida por Dios.  La inclinación de la humanidad hacia la maldad es universal, y la culpa o vergüenza que la acompaña es común a todas las personas. 

            Por medio de la familia humana caída, el pecado ha penetrado el orden social, separando a las personas de Dios, del prójimo, de sí mismas y del resto de la creación.  La pecaminosidad es evidente en el quebrantamiento de las relaciones humanas y las estructuras familiares, en los sistemas sociales y económicos que violan el orden de Dios e ignoran la dignidad humana, en sistemas religiosos que distorsionan la verdad y construyen ilusiones de la realidad. 

            En un sistema mundial saturado por la influencia satánica, el pecado se extiende por medio de la maldad humana y por los poderes del mal.  A nivel personal, el pecado proviene de la inclinación interna hacia la desobediencia y la rebeldía.

 

La Responsabilidad Personal

 

            La creación muestra la naturaleza y gloria de Dios a todos los hombres; por lo tanto, todos tienen la responsabilidad de rendirle honor y gloria.  Aunque el pecado satura el orden social, la responsabilidad por el pecado sigue siendo personal.  Cada uno de nosotros tiene que rendir cuentas a Dios según la capacidad individual para conocer y escoger el bien sobre el mal.  Creemos que las personas mentalmente incapaces de discernir entre el bien y el mal son aceptados por Él a través de su misericordia, cubiertas por la sangre redentora de Cristo. 

            Con la caída de la raza humana en el pecado, la imagen de Dios en la humanidad fue seriamente dañada, pero no fue totalmente destruida.  A pesar de su tendencia hacia el mal, todavía permanecen en la humanidad aspectos de la semejanza de Dios, percibidos en características tales como la creatividad, la generosidad, y la compasión.  Sin embargo, es sólo por la gracia de Dios que las personas son capaces de responder a Dios y aceptar su regalo de salvación.

SECCIÓN IV — JESUCRISTO Y LA SALVACIÓN

 

            El plan de Dios de la salvación para la humanidad pecaminosa es central al propósito eterno de Dios, y se revela plenamente en la persona u obra de Jesucristo, elegido por Dios antes de la creación  para ser el Salvador.  Afirmamos que Jesucristo es verdaderamente Dios y verdaderamente hombre. 

 

La Vida y el Ministerio de Jesucristo

 

            Jesucristo, Dios el Hijo, es una persona de la Trinidad, en perfecta igualdad y unidad con Dios el Padre y Dios el Espíritu Santo.  Existe de eternidad a eternidad y es plenamente Dios.  Creó todas las cosas y es el origen y el sostén de la vida.

            En la plenitud del tiempo, Dios el Hijo tomó semejanza humana, fue concebido por el Espíritu Santo, nació de la virgen María.   Era Dios encarnado—Dios en la carne—y habitó en la tierra como un hombre, plenamente humano, pero sin pecado.  Creció física y mentalmente, experimentando hambre, sed, fatiga, rechazo, y las emociones humanas.  Fue tentado en todo sentido, más permaneció sin pecado.  Vivió en completa obediencia y perfecta sumisión al Padre.  Asumió el carácter de un siervo, respondiendo en compasión a aquellos que estaban en necesidad.  Jesús modeló la verdadera humanidad y llamó a que la gente lo siguiera.

            La naturaleza divina de Jesús de Nazaret fue mostrada claramente durante su vida en la tierra.  En su infancia fue anunciado como Emmanuel, Dios con nosotros.  En su bautismo fue reconocido como el Hijo de Dios.  Su ministerio se caracterizó por la presencia y el poder del Espíritu Santo.  Enseño con autoridad divina y comisionó sus discípulos a proclamar su evangelio.  Dijo que quien lo había visto a Él, había visto al Padre.  Era el Hijo de Dios, lleno de gloria y verdad.

            Jesús vino a la tierra como el Mesías prometido según fue revelado en las Escrituras.  Inauguró el reino de Dios y señaló la llegada de ese reino sanando a los enfermos y expulsando demonios.  Sus milagros eran señales del reino de Dios.  En su enseñanza, Jesús presentó el gobierno de Dios como lo opuesto a los reinos de este mundo.  Llamó a sus seguidores a ser parte de la Iglesia, la comunidad del nuevo pacto, basada en los valores del reino de Dios.  Vino para destruir las obras del diablo y redimir la familia humana del pecado.

 

La Muerte y Resurrección de Jesucristo

 

            La obra redentora de Cristo se cumplió en su muerte y resurrección.  Dios se propuso en Cristo redimirnos de la culpa y del poder del pecado y librarnos del dominio de Satanás, para que todo aquel que creyera fuera restaurado al favor y comunión divina. 

            Con su sufrimiento y muerte sacrificial por nosotros, Jesucristo proveyó completa expiación del pecado.  Su muerte y resurrección son la única provisión para la reconciliación entre un Dios santo y justo y la humanidad pecadora.  Su sangre derramada voluntariamente en la cruz proporcionó nuestro perdón, ratificó el Nuevo Pacto.

            La resurrección corporal de Jesús testifica decisivamente acerca de su deidad y de su victoria sobre Satanás, el pecado, y la muerte.  El Cristo resucitado ascendió al cielo y está sentado a la diestra de Dios Padre, intercediendo por nosotros. 

            Ahora es Jesucristo, nuestro Señor resucitado, exaltado, y soberano.  Toda autoridad en el cielo y en la tierra le ha sido dada a Él.  Es la cabeza, y todas las cosas en el cielo y en la tierra serán colocadas bajo su dominio.  Toda rodilla se doblará ante El, y reinará para siempre.  Con alegría confesamos que Jesús el Señor y reconocemos su autoridad en nuestras vidas.  Le honramos con nuestra adoración y obediencia. 

 

Llegando a la Fe en Cristo

 

         La salvación provista por gracia mediante la muerte y resurrección de Jesucristo se hace efectiva en nuestras vidas por el ministerio del Espíritu Santo.  Es el Espíritu quien nos prepara para la fe en Jesucristo.  Nos despierta a nuestra necesidad, nos da la capacidad de reconocer nuestra culpa, y nos invita a responder a Dios en fe y obediencia. 

            La respuesta de fe consiste en confiar personalmente en la gracia de Dios y en volverse del pecado a la rectitud.  El arrepentimiento incluye un reconocimiento del pecado.  Se expresa con arrepentimiento genuino, un rechazo del pecado, y un cambio de actitud hacia Dios, preparándose así para el ministerio continuo del Espíritu Santo.  El arrepentimiento incluye una disposición para la reconciliación  y la restitución. 

 

La Nueva Vida en Cristo

 

            Todos los que llegan a la fe en Cristo nacen de nuevo, reciben el Espíritu Santo, y son hechos hijos de Dios.  Son absueltos de toda culpa de pecado, se les otorga la justicia de Cristo, y son reconciliados con Dios.  Las personas así justificadas por la gracia a través de la fe gozan de paz con El, son adoptadas en su familia, son hechas parte de la Iglesia, y reciben la seguridad de tener vida eterna.  Llegan a ser nuevas criaturas en Cristo, regeneradas por el Espíritu Santo.  Este cambio de corazón se hace evidente en el desarrollo de un carácter semejante al de Cristo y en un caminar en obediencia de Dios.  La conversión se expresa en una vida cambiada con una nueva dirección, nuevos propósitos, intereses, y valores. 

            La nueva vida en Cristo se desarrolla a través de las disciplinas espirituales cristianas, tales como la oración, el estudio de la Escritura, el ayuno, la negación de sí mismo, la mayordomía, y la comunión cristiana.  Estas cosas fortalecen al cristiano, pero no lo hacen inmune a la tentación.  La desobediencia persistente impide la comunión con Dios y puede llegar a destruir la nueva vida en Cristo.  Cuando hay pecado en la vida del creyente, aquél debe ser confesado y desechado, confiando en la buena voluntad de Dios para perdonar y en su poder para limpiar del mal. 

La Vida en el Espíritu

 

            Creemos que la gracia de Dios provee más que el perdón del pecado.  A medida que el Espíritu obra en la vida del creyente, éste es guiado en santificación  hacia una entrega total y una consagración de sus actos y voluntad a Cristo.  El resultado de esto es ser librado del control del pecado, y recibir el poder para vivir una vida santa.  El Espíritu Santo llena a las personas que están rendidas a Dios y las capacita para un testimonio y un servicio fructífero. 

            La santificación es también un continuo peregrinaje de entrega a Dios y crecimiento en gracia.  La calidad de la vida consagrada corresponde a la sensibilidad del creyente al Espíritu Santo y a su obediencia a la Palabra de Dios.  La  vida llena del Espíritu produce una sensibilidad al mismo, una fortaleza interior en tiempos de tentación, una vida santa y un servicio de todo corazón al Señor.  El Espíritu Santo produce un fruto y un carácter virtuoso: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza.  Estas virtudes van caracterizando al creyente a medida que camina en el Espíritu.

 

La Esperanza de la Vida Eterna

 

            La salvación provista por nuestro Señor Jesucristo será consumada para el creyente en el gozo del cielo y en la realización plena del reino de Dios.  En nuestros cuerpos glorificados seremos libres de todos los efectos del pecado.  Restaurados a la imagen de Cristo, adoraremos a Dios y reinaremos con Cristo por la eternidad.

 

SECCIÓN V – EL ESPÍRITU SANTO Y LA IGLESIA

 

            El Espíritu Santo es una persona divina, coexistiendo eternamente con el Padre y el Hijo.  El Espíritu fue participe en el acto de la creación, se hizo presente a lo largo del Antiguo Testamento, y se revela más claramente en el Nuevo Testamento.  La vida en el Espíritu se refleja con mayor claridad en la vida terrenal de Jesús.  En Pentecostés el Espíritu Santo fue derramado por Dios para continuar la obra del Cristo ascendido, tal como Jesús se lo había prometido a sus seguidores.

 

La Obra del Espíritu Santo

 

            El Espíritu Santo obra en el mundo, convenciendo a las personas de su pecado, y llevándolas al arrepentimiento y la fe, guiándolas a la plenitud de la vida en Cristo. 

El Espíritu Santo es el Consejero, quien está siempre presente con el pueblo de Dios y le recuerda de todo lo que Jesús dijo e hizo.  El Espíritu Santo es el Espíritu de Verdad, quien guía al creyente, y le sirve como garantía de la herencia eterna prometida en Cristo. 

El Espíritu Santo intercede por los creyentes de acuerdo con la voluntad de Dios.  Ayuda a los hijos de Dios en su necesidad, los limpia y los separa para una vida santa, los reviste con poder para servir. 

El Espíritu Santo está también presente en la vida corporal de la Iglesia, inspirando unidad, adoración y servicio.  Su presencia se hace real a medida que la Iglesia se sensibiliza a Él y responde a su liderazgo.

            El Espíritu Santo otorga dones espirituales a todos los creyentes de acuerdo a sus propósitos y soberana voluntad.  La Escritura identifica una variedad de dones, dados para la edificación de la Iglesia y para su ministerio en el mundo.  El Espíritu Santo guía a la Iglesia en el escogimiento de sus líderes.  La Iglesia es responsable de discernir los dones del Espíritu en su vida y ministerio, y de alentar a los creyentes a utilizarlos.

La Naturaleza de la Iglesia

 

            Por medio del Espíritu Santo, Jesucristo estableció la Iglesia como la nueva comunidad de Dios, con sus raíces en el pueblo de Dios del Antiguo Testamento y como testimonio de la presencia de su reino en la tierra.  Jesucristo es la cabeza de su pueblo redimido, la iglesia.  Su palabra y voluntad son autoridad para nosotros. 

             La Iglesia consiste de todos aquellos que confían en Jesús como Salvador y lo siguen como Señor.  De esta manera nos hacemos parte de la familia de Dios, amando al Señor Jesús, y aprendiendo a amarnos y cuidarnos los unos a los otros.  Somos una comunidad de pacto comprometida ante Dios y nuestros hermanos a vivir una vida santa, a permanecer leales a la Iglesia, y promover unidad dentro del cuerpo de compromiso con la congregación local, donde vivimos nuestro discipulado con integridad.  Se expresa también con un compromiso con la denominación, donde nos relacionamos más ampliamente con el pueblo de Dios, y con el cuerpo de Cristo en todo el mundo, por lo cual cumplimos la oración de Jesús que nosotros todos seamos uno. 

            Las funciones esenciales de la Iglesia son adoración, comunión, discipulado y misión.  En la adoración traemos nuestra devoción de todo corazón ante el Señor.  En la comunión vivimos nuestro compromiso de amarnos unos a otros.  En el discipulado, seguimos el llamado de Señor Jesús a obedecer y enseñar todas las cosas mandadas por El.  Al realizar nuestra misión, proclamamos el evangelio y ministramos a las necesidades humanas tal como lo hizo Jesús.

            Como una comunidad, practicamos la mutua responsabilidad entre nuestros miembros. Aceptamos los pasos diseñados por Jesús: primero ir en privado a aquel que peca contra nosotros; luego, si es necesario, regresar con uno o más testigos; y finalmente, cuando se requiere, hacer partícipe a la congregación.  Cuando la Iglesia enfrenta el pecado, debe tratar de responder con compasión y preocupación.  El objetivo de la disciplina en la iglesia es restaurar al miembro de la Iglesia que está en error, y mantener la integridad y pureza de la comunión y testimonio de la Iglesia.

 

La Vida de la Iglesia: Ordenanzas y Prácticas

 

            Las ordenanzas de la Iglesia son el bautismo y la Santa Cena, las cuales se deben observar en obediencia al mandato de nuestro Señor. 

            El bautismo de creyentes es un testimonio público de que éstos han recibido a Jesucristo como Salvador y Señor, y que vienen a formar parte de la comunidad de fe.  Creemos que el bautismo por inmersión simboliza la sumisión del creyente a Jesucristo, y su identificación con Él en su muerte y resurrección.   Esperamos de manera voluntaria, que los creyentes bautizados se comprometan al pacto de afiliación y membresía, afirmando de esa manera su compromiso con la iglesia local, pudiendo renunciar a ella cuando se desee. 

            La Santa Cena fue instituida por Jesús, y es celebrada por sus seguidores en memoria de la muerte y resurrección del Señor, y en anticipación de su regreso.  El pan y la copa simbolizan el cuerpo y la sangre de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo.  Al participar en el servicio de comunión demostramos nuestra unidad con los creyentes de todas las épocas y lugares.  Debemos examinarnos a nosotros mismos a la luz de la Palabra antes de acércanos a la Santa Cena.  La reconciliación con Dios y con nuestros hermanos es una preparación esencial para la participación. 

            Además de las ordenanzas, otras prácticas son aspectos importantes de la vida y adoración en la comunidad cristiana.

            Consideramos la práctica de lavarnos los pies los unos a los otros, tal como Jesús lo modeló y enseño, como una demostración de amor, humildad y servicio mutuo, señalando más allá del acto mismo hacia una manera de vivir.  En la vida de la Iglesia, el servicio del lavamiento de pies es una oportunidad para la reconciliación, la afirmación del uno por el otro, y un testimonio de la gracia y humildad de Dios. 

La ceremonia del matrimonio cristiana testifica sobre el orden y diseño de Dios para la unión de un hombre y una mujer en un compromiso de amor y fidelidad para toda la vida.  Los votos se afirman y el matrimonio se celebra en el contexto de la congregación, la cual es llamada a apoyar a la pareja en su vida conyugal.  El amor pactado y sacrificado de Cristo por la Iglesia, y la amorosa respuesta de ella, son el ejemplo que deben seguir marido y mujer. 

La práctica de dedicar y presentar a los niños recalca la importancia de éstos dentro de la congregación.  El servicio de dedicación y presentación, provee una oportunidad para que los padres se comprometan al Señor  en cuanto al cuidado y crianza de sus hijos.  Los miembros de la congregación se unen a los padres en el compromiso de orar, educar y nutrir espiritualmente a los niños. 

El evangelio incluye el sanar al enfermo y liberar al oprimido.  La Iglesia sigue prácticas bíblicas al orar por el enfermo, imponerle las manos, y ungirle con aceite en el nombre del Señor.  El servicio de sanidad divina confirma que Dios responde al quebrantamiento de la condición humana, bien sea con sanidad, o con su gracia para soportar el sufrimiento. 

Cuando la muerte sobreviene a un miembro de la comunidad de creyentes, el funeral provee una oportunidad de destacar al Señor resucitado.  La congregación responde en compasión a los que sufren.  La muerte nos hace recordar nuestra mortalidad y nuestra esperanza de resurrección.

La Misión de la Iglesia: Su Relación al Mundo

 

            Jesucristo comisiona a la Iglesia a hacer discípulos en todos los pueblos de la tierra.  La Iglesia es llamada a compartir el evangelio en cada cultura y en cada ámbito y estrato social.  La evangelización incluye traer a las personas a la fe salvadora en Cristo y a discipular hasta ser miembros responsables de la Iglesia.  El pueblo de Dios también es llamado a ser una influencia redentora en el mundo, confrontando el pecado colectivo y buscando vencer el mal con el bien.  Debe ser una voz para la rectitud, la paz y la justicia. 

            La Iglesia reconoce el lugar que Dios ha ordenado para el gobierno en la sociedad.  Como cristianos deberíamos orar por el estado y por los que están en autoridad.  Al mismo tiempo, creemos que la lealtad a Cristo y a la Iglesia – la cual trasciende las fronteras nacionales – tiene precedencia sobre la lealtad al estado.  La participación selectiva en los asuntos de gobierno es apropiada para los creyentes si la lealtad a Cristo y los principios de su reino son cuidadosamente protegidos, y si tal participación realza nuestro testimonio y servicio cristiano.

            Cristo amó a sus enemigos, y nos llama como sus discípulos a amar a nuestros enemigos.  Seguimos a nuestro Señor al ser un pueblo de paz y reconciliación, llamado a sufrir y a no pelear.  Aunque respetamos a aquellos que tienen otras interpretaciones, creemos que la preparación para la guerra, o su participación en ella, son inconsistentes con las enseñanzas de Cristo.  Similarmente, rechazamos todos los otros actos de violencia que niegan el valor de la vida humana.  Más bien, afirmamos la práctica de la pacificación, el servicio abnegado a favor de otros, así como la búsqueda de justicia para los pobres y oprimidos en el nombre de Cristo.  Aquellos que siguen a Cristo son extranjeros y peregrinos en el mundo, llamados a compartir la luz de Cristo.  En la renovación de nuestras mentes mediante la gracia de Dios, resistimos ser conformados a este mundo caído y dañado.  Esto nos llama a rechazar el materialismo, la sensualidad y el egocentrismo del mundo.  Al contrario, buscamos expresar los valores del reino de Dios  mediante un estilo de vida simple y modesta.

 

SECCIÓN VI – LA ESPERANZA ETERNA Y EL JUICIO FINAL

 

         El destino final de todas las cosas está en las manos de Dios.  En el tiempo dispuesto por Dios, la creación será renovada en Cristo.  Los reinos de este mundo llegarán a ser el reino de nuestro Señor, y El reinará para siempre. 

 

El Fin de la Era y el Regreso de Cristo

 

            El regreso de Cristo en poder y gloria es seguro y puede ocurrir en cualquier momento.  Aceptamos la enseñanza del Señor de que nadie sabe cuándo Él regresará.  Entendemos que las Escrituras enseñan que el conflicto entre Dios y Satanás, el bien y el mal, se intensificará a medida que nos acercamos al fin de esta era.  El regreso de Cristo, los enemigos de Dios serán conquistados y el reino de Dios será establecido para siempre. 

            La promesa de nuestro Señor de que viviremos eternamente en su presencia da mucho aliento al pueblo de Dios.  Respondemos teniendo una expectativa gozosa, estando alertas, y siendo diligentes.

La Muerte, el Juicio Final, y la Consumación de Todas las Cosas

 

            La muerte en la comunidad cristiana es un momento tanto de tristeza como de esperanza.  El rompimiento de los lazos humanos trae dolor, pero nuestra esperanza en la segunda venida de Cristo es una afirmación de la resurrección del cuerpo y la vida eterna.

            Creemos que, después de la muerte, el espíritu del creyente está presente con el Señor.  La Escritura promete la resurrección corporal de los muertos, tanto para los creyentes como para los incrédulos.  Aquellos que mueren en Cristo, junto con los creyentes fieles que estén vivos a su regreso, resucitarán y recibirán un cuerpo nuevo y glorificado, el cual estará libre de enfermedad y muerte.  A los perdidos, sin embargo, les aguarda una resurrección para condenación. 

            Dios juzgará con justicia al finalizar la era.  Aquellos que hayan confiado en Él, y hayan seguido obedientemente a Jesús como Señor, no serán condenados.  Dios los recompensará de acuerdo a su fidelidad.  Sin embargo, los incrédulos serán castigados con destrucción imperecedera en el infierno, eternamente excluidos de la presencia de Dios por haber rechazado su oferta de salvación. 

            El pueblo de Dios anticipa su promesa de un nuevo cielo y una nueva tierra bajo el gobierno de Cristo.  El mal será destruido, y Cristo entregará todas las cosas al Padre.

 

Exhortación a la Fidelidad

 

            Escuchando la Palabra del Señor: “¡Cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir, esperando y apresurándonos para la venida del día de Dios!” y las últimas palabras de Jesús, “Ciertamente vengo en breve” nos hacen vivir en jubilosa anticipación.  Debido a esta esperanza, perseveramos y proclamamos las buenas nuevas de Cristo, sabiendo que cuando el evangelio del reino haya sido predicado a todas las naciones, el fin vendrá.  Amén, sí ven, Señor Jesús.

 

RESPALDO BÍBLICO DE LA BASES DE FE Y DOCTRINA:

Sección I – La revelación y la Escritura:

 

            Juan 1:1-2, 18; 2 Timoteo 3:16; Hebreos 1:1-2, 11:6

La Revelación en la Naturaleza, la Historia, y el Hijo

            Génesis 1:1-2:2; 12:1-3; Deuteronomio 7:17 – 8:2; Eclesiastés 3:11; Isaías 46:9; Mateo 1:23; Juan 1:3 – 5, 14; Romanos 1:20; Colosenses 2:9; Hebreos 11:3

La Escritura, el Registro de la Revelación

            Isaías 55:10-11; Jeremías 36:1-3; Juan 5:39; Romanos 15:4; 1 Timoteo 1:15; 2 Timoteo 3:16; Hebreos 1:1-2

La Escritura y la Iglesia

            Juan 14:23-24; 16:13-15; Hechos 2:41-42; 2 Timoteo 2:1-2; Santiago 1:22-25

 

Sección II – Dios y la Creación:

 

         Génesis 1–2; Salmo 24:1-2; Hebreos 11:3

La Naturaleza de Dios

            Deuteronomio 6:4; 32:3-4; 33:27; Salmo 45:6; 48:14; 100:5; Daniel 6:26-27; Mateo 3:16-17; Juan 14:16-17; Hecho 14:15-17; 1 Corintios 2:11-16; Efesios 2:8-10; 1 Timoteo 1:17; Santiago 1:17; Apocalipsis 16:7

La Creación  y la Providencia de Dios

         Génesis 1-3; 1 Crónicas 29:11-12; Nehemías 9:6; Job 26:7-11; Salmo 19; 102:25; Romanos 5:12-19; Hebreos 1:3; Apocalipsis 19:6

Las Relaciones en de la Creación

         Génesis 1 – 2; Éxodo 20:1-17; Levítico 19:18; Deuteronomio 16:20; Salmo 104:24; Proverbios 21:3; Isaías 58:13-14; Miqueas 6:8; Malaquías 2:16; Mateo 12:8; 19:1-12, 25:40; Marcos 2:27; Romanos 2:13-15, 14:5-6; 1 Corintios 6:9-10; 18-20; 13; Efesios 4:29-5:2; 5:21-6:4; Colosenses 1:16-17; 1 Juan 3:14

 

Sección III – La Humanidad y el Pecado:

 

            Génesis 1:26-28; 2:7-9, 15-20; 9:1-6; Salmo 8:3-8; 90:1-6; 139:13-16; Eclesiastés 12:1-7; Hechos 17:26-28

El Libre Albedrío

         Génesis 2:16-17; Deuteronomio 30:15-20; Mateo 7:13-14; Juan 1:11-12; Romanos 12:1-2; Efesios 1:3-14; 2 Pedro 3:9; Apocalipsis 22:17

El Origen del Pecado

         Génesis 3:1-19; Salmo 51:5; Isaías 14:12-15; Juan 8:44; Romanos 5:12; Efesios 2:1-3; 6:10-12

Los Efectos del Pecado

         Salmo 53:1-3; Isaías 59:1-8; 64:6-7; Romanos 1:18-32; 3:9-20, 23; 5:12; 6:23

La Responsabilidad Personal

         Génesis 1:27-30; 2:7-9, 16-17; 3:1-19; Levítico 4:27-35; Ezequiel 18; Marcos 10:13-16; Romanos 1:18-20; 3:23; 2 Corintios 5:10; Efesios 2:8-9

 

Sección IV – Jesucristo y la Salvación:

 

         Efesios 1:3-14; Tito 2:11-14; Hebreos 1:1-3; 1 Pedro 1:3-5

La Vida y el Ministerio de Jesucristo

            Mateo 1:20-23; 3:13-17; 6:33; 7:28-29; 9:35-36; 12:25-28; 26:26-29; 28:18-20; Marcos 1:14-15; 14:61-62; Lucas 1:26 – 2:33, 52; 4:1-21; 22:44; Juan 1:1-14; 3:16; 13:1-17; 14:8-11; Gálatas 4:4-5; Filipenses 2:5-11; Colosenses 1:15-20; Hebreos 4:14-15

La Muerte y Resurrección de Jesucristo

            Salmo 22:1-8; Isaías 52:13-53:12; Mateo 27:27 – 28:20; Juan 3:16-17; Hechos 1:9-11; Romanos 5:1-11; 1 Corintios 15:20-28; 2 Corintios 5:21; Efesios 1:9-10; Filipenses 2:9-11; Colosenses 1:21-22; Hebreos 1:3; 7:24-25; 9:11-28; 12:2; Apocalipsis 11:15

Llegar a la Fe en Cristo

            Lucas 3:7-9; 5:31-32; 18:9-14; 19:8-9; Juan 16:5-15

La Nueva Vida en Cristo

            Juan 3:1-17; Hechos 2:41-47; Romanos 5:1-11; 8:14-17; 10:9-10, 13; 2 Corintios 5:17; Gálatas 4:6-7; Efesios 2:1-10; Colosenses 1:22-23; Hebreos 3:14; 1 Pedro 1:3-5; 1 Juan 2:24-25

La Vida en el Espíritu

            Lucas 11:11-13; Juan 20:21-22; Hechos 1:8; Romanos 6:1-14; 8:1-17; 12:1-2; 2 Corintios 5:5; Gálatas 5:16-25; Efesios 1:13-14; 3:14-21; 1 Juan 1:9

La Esperanza de la Vida Eterna

            Mateo 24:13; Juan 14:1-3; 1 Corintios 15:35-58; 2 Corintios 5:1-10; Filipenses 3:20-21;

1 Tesalonicenses 4:13-18; Apocalipsis 5:9-10; 21:1-4

 

Sección V – El Espíritu Santo y la Iglesia:

 

         Génesis 1:2; Juan 3:34; 14:16-17; 15:26; Hechos 2; 10:38; Hebreos 9:14; 2 Pedro 1:21;

1 Juan 3:24

La Obra del Espíritu Santo

            Juan 14:26; 16:7-15; Hechos 1:8; 13:2-4; Romanos 8:26; 12:3-8; 1 Corintios 3:16; 12:1-12; 2 Corintios 6:16 – 7:1; Efesios 1:13-14; 4:3-12; 5:18; 1 Pedro 4:10-11; Apocalipsis 2 – 3

La Naturaleza de la Iglesia

            Mateo 5:13-16; 18:15-35; 20:26-28; 28:20; Juan 1:12-13; Hechos 2:41-47; 15; Romanos 1:16; 2 Corintios 2:5-11; Gálatas 6:1; Efesios 2:19, 22; Filipenses 2:2-16; Colosenses 1:18;

2 Timoteo 2:2; Hebreos 10:24-25; 1 Juan 3:16-19

La Vida de la Iglesia: Ordenanzas y Prácticas

            Mateo 28:16-17; 28:19-20; Marcos 10:1-12; 16:16; Lucas 2:22; Juan 13:1-17; Hechos 2:38-39; Romanos 6:3-6; 1 Corintios 10:16; 11:1-16, 23-34; 15; 2 Corintios 5:1-8; Efesios 5:21-33; 1 Timoteo 5:10; Santiago 5:13-18; 1 Pedro 3:21

La Misión de la Iglesia en Relación al Mundo

            Proverbios 29:7; 31:9; Daniel 6:1-3; 10; Miqueas 6:8; Mateo 5:13-14, 44; 26:52; 28:18-20; Marcos 16:15; Juan 18:36; Hechos 4:18-21; 5:29; Romanos 1:14-15; 12:2; 13:1-4; 1 Corintios 10:23, 31; 2 Corintios 5:16-20; 1 Pedro 2:9-17, 21-23; 1 Juan 2:15-17

 

Sección VI – La Esperanza Eterna y el Juicio Final:

 

         Salmo 110:1; Efesios 1:20-23; Colosenses 1:19-20; Apocalipsis 11:15

El Fin de la Era y el Regreso de Cristo

            Mateo 24:36-51; Hechos 1:11; 1 Tesalonicenses 4:13-18; 2 Tesalonicenses 2; 2 Pedro 3:11-18; Apocalipsis 19

La Muerte, el Juicio Final, y la Consumación de Todas las Cosas

            Salmo 92:7; Juan 3:18; 5:25-29; 1 Corintios 3:10-15; 15:27-28; 2 Tesalonicenses 1:5-9; Apocalipsis 20:10, 14; 21:22-27; 22:3

Exhortación a la Fidelidad

            Mateo 24:14; 2 Pedro 3:11-12; Apocalipsis 22:20

Edición 2019 - 2020